Noreida González

Abilio Padrón no leerá estas líneas… (Revista No. 214)

Noreida González, periodista. Es Analista de Acervos Históricos de la Biblioteca de la Universidad Católica Andrés Bello (UCAB), donde ha desarrollado una trayectoria de más de quince años en el ámbito cultural y académico. Ha participado en proyectos de gestión patrimonial, asistencia curatorial y producción editorial, con especial interés en la preservación de la memoria y la difusión cultural.

Escribir sobre Abilio Padrón es aceptar, desde el inicio, una limitación, y es que una vida de 95 años no cabe en una cuartilla. Menos aún en estas líneas escritas a la sombra de su ausencia, pero también desde el cariño, con un poco de ilusión, aferrándome al recuerdo de nuestras últimas conversaciones sobre sus dibujos, sus pinturas y su inagotable curiosidad.

Sería pretencioso intentar resumirlo todo. No tuve la oportunidad de recorrer a fondo su historia. Él mismo me advertía, en más de una ocasión, que se iría pronto, porque su terco corazón era asistido por un marcapasos. Por eso, estas palabras apenas rozan la superficie de esos últimos meses en los que pude trabajar con él. Y, aun así, puedo decir con certeza que ese roce me reveló que Abilio vivió con intención.

Jean-Paul Sartre escribió que la existencia es un viaje de ida, irreversible, donde cada quien construye su esencia a partir de sus actos. Arrojados a este trayecto sin mapa previo, estamos obligados a decidir y trazar nuestro camino. El mapa de Abilio terminó siendo dibujado con pulso firme, eligiendo el arte —o quizás el arte lo eligió a él—. Encontró su lugar en la caricatura, en la pintura y en la enseñanza, compartiendo con otros su forma de ver y estar en el mundo.

Coincidir con Abilio en las inauguraciones y eventos culturales era casi una certeza. “Siempre hay alguien que me da la cola”, decía y así se hacía presente en galerías y salas de exposiciones. Llegaba con pasos lentos, pero firmes, con una memoria lúcida que parecía resistirse al paso del tiempo. Solo en su cuerpo se notaban los años, ya que en su espíritu persistía una claridad que desafiaba cualquier límite biológico, como si fluyera en paz con la idea de que el tiempo, inevitablemente, lo estaba alcanzando.

En su última exposición individual, Estático y dinámico, presentada en la Galería Blassini Morrison, Abilio apostó por una propuesta distinta a lo que conocíamos de él; piezas que describía como caleidoscópicas y anamórficas, imágenes que no permanecen fijas, sino que acompañan el recorrido del espectador, completándose con su movimiento. “En la medida en que él se mueve, la obra se transforma”, dijo en su entrevista al programa Un minuto con las artes. Así proponía que el arte no está terminado sin quien lo mira, que la imagen no es estática, sino una experiencia compartida.

Su fascinación por las imágenes transformadas por espejos venía de una memoria lejana, de su experiencia en el parque de atracciones Coney Island, en Caracas, donde su propio cuerpo se deformaba frente al reflejo. Esa imagen —alterada, fragmentada—permaneció en él hasta convertirse en el tema de investigación para su obra más reciente. Allí, en sus propias palabras, se sintió libre para experimentar.

Desde aquella experiencia hasta el recuerdo que años después lo llevó a materializar estas piezas, parecía que el tiempo en su memoria no funcionaba de forma lineal, sino circular; como si esas imágenes hubiesen dado una vuelta, tan larga como breve, para llegar a ser transformadas en arte.

Al hablar de sí mismo dejaba claro que no se percibía como una sola persona, sino la convergencia de varias: el caricaturista comprometido con su tiempo, crítico del poder y de los problemas que nos afectaban a todos, y el pintor, más abierto y experimental, dispuesto a fusionar lenguajes, a buscar movimiento, luz y reflejo en la imagen. Dibujó a figuras que admiraba por sus aportes a la ciencia, al arte y a la cultura, pero también a quienes, desde su mirada, obstaculizaban el bienestar colectivo. Su obra, en ese sentido, no fue una obra neutra, sino una forma de posicionarse frente al mundo.

Quizás lo más revelador es que no siempre pensó dedicarse al arte. Se consideraba buen estudiante, pero no imaginaba ese camino para sí mismo, hasta que un intercambio con un compañero en la carrera de arquitectura de la Universidad Central de Venezuela lo desvió y lo llevó a dibujar una ruta distinta en el mapa de su vida.

Para Abilio, dedicarse al dibujo y el trabajo creativo no garantizaba convertirse en artista. “Eso puede suceder o no suceder”, decía. Sin embargo, estaba convencido de que la sensibilidad que nace del contacto con el arte podía transformar a las personas. “Si es bueno que se dediquen a hacer tareas que tienen que ver con el arte, porque eso los puede hacer mejores personas. Eso es más importante, a veces, que ser artista”.

No le gustaba dar consejos a quienes aspiraban a dedicarse al arte, mucho menos influir en decisiones sobre técnicas o corrientes artísticas. Prefería rememorar historias y hablar con entusiasmo de aquellos años de ruptura. “Éramos los disidentes”, decía con el brillo en los ojos de quien recuerda una travesura.

En una de nuestras conversaciones, apenas once días antes de su partida, me contaba con emoción que, durante la celebración de sus 95 años, compartió anécdotas de su complicidad junto con creadores como Régulo Pérez, con quienes desafió los moldes establecidos a través de la sátira, la libertad en la expresión y la modernidad.

Trabajábamos en sus dibujos. Le dije que comenzaría a escribir, que le enviaría el texto para que me diera su opinión, para pulirlo juntos. Él, con esa mezcla de prisa y ligereza que lo caracterizaba cuando ya quería irse, sonrió y respondió “sí, sí, me avisas, estoy pendiente”.

Y aquí estoy.

Escribiendo sin la posibilidad de su lectura, pero con la certeza de que logró lo que buscaba: dejar algo que sigue moviéndose, incluso ahora que él ya no está.