Elías Crespín

El Taller Prisma (No. 207-208)

Nació en 1965 en Caracas (Venezuela), y estudió ingeniería informática. Es nieto de artistas (Gego y Gerd Leufert) e hijo de matemáticos. Su formación en ingeniería e informática es imprescindible para el desarrollo de su trabajo, en el cual se combinan dos universos: el arte y la programación. Llevando a sus primeros experimentos artísticos en 2002, culminando dos años después con la creación de su primera obra, Malla Electrocinética I (2004).

Los talleres de artista han existido desde tiempos remotos en la historia del arte. Tienen su origen en lo artesanal. Estaban vinculados, en el mundo antiguo, a la construcción y la manufactura de objetos utilitarios o decorativos. Eran centros de producción y aprendizaje, a tal punto que el discípulo ingresaba al taller del maestro desde la adolescencia. En el Renacimiento se dedicaban a la manufactura de obras públicas y privadas, eran conocidos como Botteca. Notables maestros formaban a quienes serían posteriormente grandes artistas. Es el caso de Andrea del Verrocchio,quien en su Botteca de la parroquia de San Ambrogio en el Quattrocento florentino, formó a Pietro Perugino, Sandro Botticelli y Leonardo da Vinci. O bien de Lorenzo Ghiberti –el “rey Midas” de la escultura en la Florencia del cinquecento–, quien había sido educado por su padre orfebre y tuvo de asistentes a Donatello, Michellozzo y Paulo Uccello. En Amberes, Rubens construyó la Rubenshuis, su casa-taller. Tuvo por discípulos, además de Jacob Jordaens y Anton van Dyck, un centenar  de jóvenes pintores.

Si nos apartamos de la tradición histórica, hoy podemos decir que el taller es un espacio de intercambio y confrontación de ideas. El hacer técnico no tiene el peso que tuvo en la antigüedad, tampoco el alumno es necesariamente una extensión de su mentor. El modo de concebir estos espacios ha cambiado en su configuración y en sus objetivos. Sobre todo si apuntamos a experiencias como la del Taller Prisma, coordinado por Julia Cohen y tutelado por el artista-docente Víctor Hugo Irazábal. Una comunidad muy particular que también es diferente a las agrupaciones paradigmáticas del arte venezolano como El Círculo de Bellas Artes, el Taller libre de arte o La barraca de Maripérez.

Prisma es un lugar de encuentro y experimentación libre. Sus integrantes no tienen un dogma a partir del cual crear. Tampoco, siguen una tendencia, un estilo o un tipo de formato específico. Para ellos, el aprendizaje debe ser “significativo, abierto y vivencial de autoconocimiento”. Sus integrantes son personas que no vienen, necesariamente, de una escuela de arte. Ellos están comenzando a transitar por este mundo en una etapa de la vida adulta donde el deseo priva sobre la necesidad. Pueden ser arquitectos, ingenieros, abogados o simplemente almas curiosas en busca de una experiencia estética. De ahí, el valor que tienen la libertad y la autodeterminación en su forma de abordar el arte.  

María Fernanda Palacios en Sabor y saber de la lengua, disertando sobre el oficio del escritor y “el trabajo del lenguaje”, afirma que “Hay una parte que ya no puede llamarse trabajo porque corresponde más bien al ocio, al juego, al placer”. Si se le quiere dar sazón a la escritura es necesario “dejar que la materia trabaje en uno”. Esa disposición también es la de los artistas reunidos en este taller. En sus procesos, los deseos del alma son antepuestos a la razón y la técnica. Sin olvidar que la autodisciplina es indispensable en experiencias como esta y que el arte necesita tiempo, compromiso y riesgo. Los trabajos expuestos en la Galería de Papel son una selección de lo que ellos han forjado semanalmente en su refugio de “Parque Caballito” .

Carmen C. Seekatz, Odila Servat, Loy Men, Alicia Coles, María del Carmen Reyes, Rafael Urbina y Oriana Gustuti son los entusiastas experimentadores de este heterogéneo taller.