I. La experiencia del terremoto
Cuando ya estábamos a punto de cerrar este número de Comunicación, el 24 de junio se dio un doble sismo de 7.1 y 7.5 grados. El país tembló a lo largo y ancho de su territorio. En algunos lugares más que en otros. Así, en el estado Vargas la destrucción y el desastre fue espantosa.
No podíamos dejar pasar ese hecho y de ahí esta muy breve referencia. Este va a ser el tema de la próxima revista Comunicación, la Nº 216 (cuarto trimestre del año). Será un número en donde analizaremos el hecho desde la vertiente comunicacional e informativa: en lo que tuvo que ver con la cobertura periodística, la censura oficial, los obstáculos para informar y las restricciones, el maltrato a los comunicadores y los actos de hostigamiento, la transparencia y la libertad para informar, la actuación comunicacional del Gobierno… pero no podremos dejar de lado las consecuencias de tipo social que conlleva la experiencia que significó para la sociedad civil, para el Gobierno en funciones de Estado y para el país en pleno.
Los vocablos tragedia y catástrofe resumen lo que pasó. Pero hay una palabra que ha venido resonando en todos estos meses después del 24 de junio: DEVASTACIÓN. Todas las informaciones que nuestros periodistas y corresponsales fueron ofreciendo, tanto en los pocos medios convencionales que todavía subsisten, como en esa jungla que son las redes sociales, nos mostraron y nos siguen mostrando, por su espectacularización, eso que la palabra latina vastatio–devastación– expresa: destrucción, arrasamiento, desastre, ruina, calamidad, estrago… Y eso fue lo que ocurrió ese día, pero también se puso de manifiesto la “devastación chavista” que hemos sufrido a lo largo de estos veintisiete años. El terremoto vino a darle la estocada final al régimen por el drama social que ha venido generando y perpetuando a lo largo de estos años el “proceso bolivariano”. Sin embargo, también se puso de manifiesto lo mejor de nosotros los venezolanos: la solidaridad que convirtió al término sociedad civil en una realidad que se mostró desde el primer día del doble sismo y que fue creciendo a lo largo de los días, de semanas, de estos meses después de la tragedia y el desastre.
El cronista y escritor que fue el mexicano Carlos Monsiváis nos ofrece un breve relato sobre lo que él llama, a propósito del terremoto que sacudió a su país, México, el 19 de septiembre de 1985, un collage de voces, impresiones, sensaciones de un largo día. Aquí su voz:
Día 19. Hora 7:19. El miedo. La realidad cotidiana se desmenuza en oscilaciones, ruidos categóricos o minúsculos, estallido de cristales, desplome de objetos o de revestimientos, gritos, llantos, el intenso crujido que anuncia la siguiente impredecible metamorfosis de la habitación, del departamento, de la casa, del edificio… El miedo, la fascinación inevitable del abismo contenida y nulificada por la preocupación de la familia, por el vigor del instinto de sobrevivencia. Los segundos premiosos, plenos de una energía que azora, corroe, intimida, se convierte en la debilidad de quien sufre. ‘El fin del mundo es el fin de mi vida’, versus ‘No pasa nada, no hay que asustarse. Guardemos la calma…’ Y los consejos no llegan a pronunciarse, el pánico es segunda o primera piel, a ganar la salida, a urdir la fuga de esta cárcel que es mi habitación, a distanciarse de esa trampa mortífera que fue hogar o residencia provisional. El crujido se agudiza, en el bamboleo la catástrofe se estabiliza, la gente se viste como puede o se viste solo con su pánico, el miedo es una mística tan poderosa que resucita o actualiza otras místicas, las aprendidas en la infancia, las que van de la superstición a la convicción, las frases primigenias, las fórmulas de salvamento en la hora postrera.
El 19 de septiembre, en la capital, muchos carecieron de la oportunidad de profundizar su miedo.
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