Noreida González
Escribir sobre Abilio Padrón es aceptar, desde el inicio, una limitación, y es que una vida de 95 años no cabe en una cuartilla. Menos aún en estas líneas escritas a la sombra de su ausencia, pero también desde el cariño, con un poco de ilusión, aferrándome al recuerdo de nuestras últimas conversaciones sobre sus dibujos, sus pinturas y su inagotable curiosidad.
Sería pretencioso intentar resumirlo todo. No tuve la oportunidad de recorrer a fondo su historia. Él mismo me advertía, en más de una ocasión, que se iría pronto, porque su terco corazón era asistido por un marcapasos. Por eso, estas palabras apenas rozan la superficie de esos últimos meses en los que pude trabajar con él. Y, aun así, puedo decir con certeza que ese roce me reveló que Abilio vivió con intención.
Jean-Paul Sartre escribió que la existencia es un viaje de ida, irreversible, donde cada quien construye su esencia a partir de sus actos. Arrojados a este trayecto sin mapa previo, estamos obligados a decidir y trazar nuestro camino. El mapa de Abilio terminó siendo dibujado con pulso firme, eligiendo el arte —o quizás el arte lo eligió a él—. Encontró su lugar en la caricatura, en la pintura y en la enseñanza, compartiendo con otros su forma de ver y estar en el mundo.
Coincidir con Abilio en las inauguraciones y eventos culturales era casi una certeza. “Siempre hay alguien que me da la cola”, decía y así se hacía presente en galerías y salas de exposiciones. Llegaba con pasos lentos, pero firmes, con una memoria lúcida que parecía resistirse al paso del tiempo. Solo en su cuerpo se notaban los años, ya que en su espíritu persistía una claridad que desafiaba cualquier límite biológico, como si fluyera en paz con la idea de que el tiempo, inevitablemente, lo estaba alcanzando. [Continúa leyendo…]





